Hay amores que matan
El amor platonizado nunca ha sido bueno. De esto viene a hablar un artículo de The Guardian en el que se expone la peligrosidad de la bibliofilia (el gusto o amor por los libros) si ésta llega a convertirse en bibliolatría (una ideolización de los libros y de sus posesión), y aún en más grado si llega al nivel de bibliomanía (obsesión por los libros).El artículo señala el caso de Sir Thomas Phillipps, a quien el mundo lo llamaba bibliómano, pero que a sí mismo se consideraba clomo "vello-maniac" (pues su obsesión no solamente incluía libros sino también todo tipo de papel vitela y pergaminos). En el siglo XIX, Sir Thomas Phillipps instaló una serie de imprentas en su Torre de Broadway (en Broadway, Worcestershire) para que se tradujeran sus manuscritos en versiones más duraderas ante la corrupción que suponía el paso del tiempo. Tal era su obsesión que dejó facturas sin pagar llevando a la ruina al menos a un librero.
Poco a poco, los libros fueron ocupando todo el espacio de la casa, y sus esposas (tenía dos el caballero) y tres hijas, se dedicaban a abrir cajas de libros, seleccionar, ordenar, y ponerlos en las estanterías adecuadas. Esto produjo un descuido total hacia la casa -llena de papeles, manuscritos, libros apilados contra las paredes, en mesas, sillas e incluso camas. Tal fue así que sus hijas se casaron en la primera oportunidad para escapar de este martirio.
Sir Thomas, además, odiaba a la Iglesia Católica (además de a otro sin fin de elementos), por lo que denegaba a los católicos el paso a su colección que tan amablemente permitía a demás curiosos. En 1864 se mudó a una casa más grande en Cheltenham, cambio que le llevó todo el verano de ese año para mudar los libros y manuscritos. Su antigua casa, en Middle Hill, quedó a la suerte de los elementos de la naturaleza. Todo esto debido a que no quería que sus posesiones pasaran a manos de los Halliwells, cuyo hijo había contraído matrimonio con una de sus hijas en contra de la voluntad del bibliomaníaco inglés. Al morir en 1872, sin embargo, los Halliwells heredaron el terreno y las colecciones de Sir Thomas, que por diferentes sucesos terminaron dispersándose.
Se supone que la moraleja de la historia es que al perecer nosotros, perece la colección. ¿Pero hace este hecho menos válida la idea de poseer una gran cantidad de libros que mimar con el cariño que un padre adora un hijo? ¿Alguien realmente siente bibliofobia (miedo a los libros)? Las casas que más me han cautivado han sido aquellas que tienen un millón de libros dispersados por el suelo, apilados en escaleras. Yo, a pesar del peligro que entraña, quiero arriesgarme en ser un pequeño Sir Thomas Phillipps.
Labels: historia, literatura



3 Comments:
Me cuesta muchísimo desprenderme de mis libros, a pesar de que algunos son meros trozos de papel engomado. Había oído hablar de Thomas Phillips en un interesante libro que se llama Historia universal de la destrucción de los libros de Fernando Báez.
Yo creo que por ahora estoy en la bibliofilia (como tú bien sabes, compañero de saqueos en book fairs Champubananenses) y me satisface ver que es una dolencia compartida ;-)
Lo peor es que es incompatible con los mini pisos de este nuestro querido país, y a mí además de por los libros me da por los cuentos infantiles, CDs, vídeos, DVDs...
Así que cuando seas rico tendrás que comprarme un palacio :-D
Antonio
Gracias por esa referencia.
La tendré en cuenta cuando pueda volver a leer por placer (la Tesis Doctoral no permite eso, cosa que odio).
Carmenuca
¡Cómo echo de menos esas rapiñadas bibliotecarias! En mi oficina tengo la mayoría de aquellos libros. Algunos los regalé por falta de espacio. Desde que te fuiste solo he ido un par de veces a la Sale de la Main Library...nada más de Urbana Free Library, o visitas a la tienda de segunda mano de Urbana.
Eso sí, créeme que en Buenos Aires voy a hacer unas rapiñadas enormes. La otra vez me traje unos 30 libros...y porque me reprimí mucho.
Besos.
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